Decir la verdad… quizá eso me convierta en una “bad magic woman”

Reflexiones tras el 41º Congreso Mágico Nacional de España


Últimamente hay una idea que no deja de dar vueltas en mi cabeza.

Cada vez me cansan más esos mensajes de promoción que vemos todo el tiempo en las redes sociales.

Para vender, para anunciar, para llamar la atención, parece que todo tiene que ser:

“¡Espectacular!”

“¡De nivel mundial!”

“¡El mejor!”

“¡Perfecto!”

Pero cuando todo es bueno, cuando ya no existe diferencia entre lo bueno, lo regular y lo mejorable, la palabra “bueno” acaba perdiendo sentido.

Como creadora, y como una persona que sigue aprendiendo mientras trabaja, cada vez tengo menos ganas de repetir frases publicitarias todos los días.

Siento que, si solo hago eso, yo no avanzo.

Y nuestro sector tampoco avanza.

En el mundo de la magia, muchos compañeros no solo son magos, también son organizadores de festivales, congresos y eventos.

Durante todos estos años, muchos amigos me han invitado a actuar en sus festivales, y siempre lo he agradecido muchísimo.

Son compañeros, pero muchas veces también son quienes te contratan.

Por eso, normalmente no suelo hablar en público de lo que, desde mi punto de vista, podría mejorarse en una organización.

Tampoco me gusta señalar fácilmente los puntos débiles de un número de magia o de un artista.

Todos queremos mantener buenas relaciones.

Pero últimamente me he dado cuenta de algo.

Si siempre callo todo, si nunca digo lo que pienso de verdad, entonces mi vida también pierde una parte importante de sentido.

Si de verdad queremos hacer mejor las cosas, opinar sobre el trabajo, sobre la escena, sobre la creación o sobre la organización, debería ser algo normal.

Claro, hablar de los demás es fácil.

Hablar de una misma ya cuesta más.

Yo todavía estoy muy lejos de esa paz interior de escuchar una crítica sobre mí y no enfadarme nada.

Cada vez que Juan me señala un fallo, mi primera reacción suele ser defenderme.

Primero digo que no.

Luego busco mil razones para demostrar que yo tenía razón.

Pero cuando se me pasa la emoción del momento, sí que pienso.

Y si veo que tenía razón, al final lo reconozco.

Y también intento cambiar.

 

Esta vez quiero escribir de otra manera.

No para promocionar.

Sino para contar las cosas tal y como las he vivido.

Sobre este 41º Congreso Mágico Nacional de España, he decidido escribir una serie de cuatro artículos.

Primera parte: Mi experiencia como artista invitada de la Gala Inaugural. Desde los preparativos hasta el momento de salir al escenario.

Segunda parte: Mis impresiones sobre la competición. Una opinión completamente personal.

Tercera parte: Esos momentos que más me llamaron la atención durante el congreso, junto con la entrevista a Juan Mayoral.

Cuarta parte: La venta de material de magia y el eterno debate sobre la propiedad intelectual. Algunas reflexiones basadas en lo que he visto durante todos estos años.

Antes de empezar, quiero hablar de una persona a la que admiro desde hace mucho tiempo:

Raúl Alegría

Raúl Alegría, director artístico y organizador del 41º Congreso Mágico Nacional, y yo nacimos el mismo año: 1982.

Nos conocemos desde hace muchos años y, además de compañeros, somos buenos amigos.

Cada vez que coincido con él, termino contagiándome de esa energía casi inagotable que tiene por la magia, el circo y la cultura.

No es el típico mago que solo piensa en sus propios espectáculos.

Yo siempre lo he visto más como un productor. Una persona que disfruta creando proyectos, organizando eventos y reuniendo a artistas para hacer realidad nuevas ideas.

Festivales internacionales de magia, espectáculos de circo, grandes producciones culturales…

Y este año, además, como director del Congreso Nacional.

Da la sensación de que siempre tiene un proyecto nuevo entre manos y una energía que nunca se acaba.

Durante la pandemia, cuando prácticamente todo el mundo del espectáculo estaba paralizado, tomó una decisión que a muchos les pareció una locura.

Compró una antigua nave industrial abandonada para convertirla en su propio teatro.

Según me contó, la inversión rondó el medio millón de euros.

Junto a un pequeño equipo de colaboradores dedicó casi tres años al proyecto. Desde el diseño hasta la reforma, muchísimas cosas las hicieron ellos mismos con sus propias manos.

Hoy ese espacio se ha convertido en uno de los pocos teatros de España especializados en magia, circo y cabaret: Teatro Alegría.

Cuenta con unas 270 butacas, pero lo más importante es que no es solo un lugar para actuar.

Es un espacio donde se crean espectáculos, se ensaya, se enseña y se comparten ideas entre artistas.

Sin embargo, lo que más admiro de Raúl no es el teatro.

Es que sigue conservando la ilusión de un niño.

Cada vez que habla de un proyecto nuevo, se le iluminan los ojos.

Y eso, para mí, vale mucho más que cualquier edificio.

Además, su mujer y su hija forman parte de esa aventura y la viven junto a él.

Es de esas personas que protegen y cuidan muchísimo a su familia.

En eso, curiosamente, siempre me ha recordado bastante a Juan Mayoral.

Con los años viviendo en Europa he aprendido una cosa.

La capacidad profesional es muy importante.

Por supuesto que lo es.

Pero la confianza que se construye entre las personas, con el paso de los años, muchas veces vale todavía más.

Muchos proyectos importantes no empiezan en una reunión.

Empiezan durante una conversación entre amigos.

—»¿Te gustaría venir como artista invitada a la gala inaugural de mi congreso?»

—»Y me gustaría que Juan participara en una entrevista.»

Y, prácticamente, así empezó todo.

El año pasado participé en el Congreso Nacional con mi número «Flotar».

Y anteriormente también había actuado con un espectáculo completo en el Teatro Alegría.

Por eso, esta vez le pregunté:

—Raúl, ¿qué te gustaría que hiciera en la gala?

Su respuesta fue muy sencilla:

—Lo que tú quieras.

Recuerdo que, en ese momento, pensé en la diferencia entre China y España.

En China, normalmente un número pasa por muchas revisiones y aprobaciones antes de salir al escenario.

Aquí él simplemente me respondió:

—Lo que tú quieras.

Yo no lo interpreté como desinterés.

Lo entendí como una muestra de confianza.

Aunque también puede ser que estuviera tan ocupado organizándolo todo que realmente me dejara libertad absoluta.

Al final eligió una parte de mi espectáculo: el número de los osos gigantes.

Sinceramente, para el público general funciona muy bien.

Pero entre magos ya no resulta tan novedoso.

En los últimos años ese efecto se ha visto muchísimo.

Por eso decidí añadir otro número: La Cuerda India (Kung Fu Rope).

Sabía que muy poca gente en Europa había tenido la oportunidad de verla en directo.

La mayoría solo conocía la famosa leyenda de la cuerda india por libros o historias.

 

Mirando ahora hacia atrás, hay una cosa de la que me arrepiento un poco.

Respeté demasiado las decisiones del director artístico.

Tanto, que dejé de escucharme a mí misma.

Si el director me dijo:

—»Haz el número de los osos y añade alguna cosa más.»

¿Por qué no fui yo quien propuso reorganizar mi actuación y convertirla en una pieza completa, con un desarrollo, un clímax y un buen final?

Yo sabía perfectamente que esos dos números funcionaban muy bien juntos.

Pero también sabía que ninguno de los dos era realmente mi cierre.

Tenía otras opciones mucho más fuertes para terminar.

Sin embargo, como nadie me lo pidió, tampoco insistí.

Creo que ese sigue siendo uno de los puntos débiles de mi carácter.

A veces soy demasiado obediente.

Y también demasiado pendiente de interpretar lo que esperan los demás.

En ocasiones, por querer adaptarme, termino dejando a un lado lo que realmente pienso.

Espero que, en el futuro, sea capaz de ser un poco más valiente.

No para demostrar nada a nadie.

Sino para confiar más en mi propio criterio.

Ahora sí, hablemos de la Gala Inaugural.

Antes de empezar, quiero aclarar algo.

Todo lo que voy a escribir a partir de aquí es únicamente mi opinión personal.

La escribo desde mi experiencia como artista, como directora escénica y como alguien que lleva muchos años produciendo espectáculos.

No significa que tenga la verdad absoluta.

Simplemente comparto cómo lo viví yo.

Siempre he pensado que una buena gala no es aquella en la que todos los números son extraordinarios.

Lo realmente importante es que el ritmo de toda la noche consiga mantener al público conectado de principio a fin.

El comienzo de la gala me pareció muy bonito.

En el centro del escenario, un mago aparecía de espaldas bajo un único foco cenital, sujetando un sombrero de copa.

Al fondo había más de veinte bailarinas vestidas con camisa blanca y corbata.

El mago se colocaba los guantes, se ponía una chaqueta roja de cola y hacía aparecer una varita.

Después, una artista descendía lentamente desde lo alto suspendida en una tela roja.

Y finalmente entraban en escena varios personajes vestidos como enormes cartas de póker.

Visualmente era una apertura muy elegante.

Tenía fuerza.

Transmitía ceremonia.

Y conseguía crear esa sensación de estar asistiendo a un gran acontecimiento, algo muy apropiado para la inauguración de un Congreso Nacional de Magia.

Si tuviera que hacer una pequeña sugerencia, sería únicamente sobre el ritmo.

La música duraba algo más de tres minutos y creo que, durante ese tiempo, podrían haberse producido algunos cambios visuales más.

Había imágenes muy bonitas, pero algunas permanecían demasiado tiempo sin variar.

El público nunca mide el tiempo con un reloj.

Lo que percibe son los cambios.

Cuanto más evoluciona la escena, más dinámico siente el espectáculo, aunque la duración sea exactamente la misma.

 

Hubo otro detalle de la gala que me gustó mucho.

El presentador enlazó imágenes de los artistas invitados del Congreso Nacional de hace 45 años con los artistas invitados de esta edición.

Me pareció una idea muy bonita.

Aportaba historia.

Hacía sentir que este congreso no era solo un evento más, sino una tradición que ha ido pasando de una generación a otra.

Quizá, si tuviera que ponerle un pequeño «pero», diría que la narración tenía un estilo bastante documental.

Personalmente, me habría gustado que la emoción creciera un poco más durante esa parte.

El primer artista invitado fue David Sousa.

Siempre me ha gustado mucho su trabajo.

Especialmente el número con el que consiguió el Segundo Premio de Manipulación en FISM.

Me parece una pieza muy elegante.

Sin embargo, cuando lo observo desde la perspectiva de alguien que produce espectáculos para grandes teatros, también veo una diferencia importante entre un concurso y una función comercial.

La manipulación es un tipo de magia muy delicada.

Y este número, además, tiene un ritmo pausado y muy refinado.

Los espectadores que están cerca del escenario pueden disfrutar de cada detalle.

Pero para quienes se encuentran en las últimas filas, parte de esa belleza se pierde.

Si no consigues apreciar bien los pequeños movimientos, una música tan tranquila puede hacer que la energía del público baje poco a poco.

Y quiero dejar claro que no estoy diciendo que el número sea mejor o peor.

Simplemente creo que cada espectáculo tiene un espacio ideal para lucirse.

Hay números que funcionan perfectamente en un teatro íntimo.

Y otros que necesitan un escenario enorme para desplegar todo su potencial.

Después llegó Jorge Iglesias con su espectáculo de mentalismo.

Muchos de los efectos eran realmente sorprendentes.

Hubo momentos que hicieron reaccionar al público con auténtica incredulidad.

Pero hay algo que llevo tiempo pensando sobre este tipo de espectáculos.

Cuando durante quince minutos todo pertenece al mismo lenguaje escénico, aunque los efectos sean muy fuertes, si no aparecen cambios de ritmo, momentos de humor o diferentes emociones, el público termina acostumbrándose.

Lo extraordinario deja de sorprender.

Y, poco a poco, empieza a parecer normal.

Hay una frase del gran René Lavand que siempre llevo conmigo:

«El público puede perdonar un error, pero nunca perdona el aburrimiento.»

Cada vez estoy más convencida de que tenía toda la razón.

A veces incluso pienso en la inteligencia artificial.

La IA puede llegar a hacer las cosas casi perfectas.

Pero el arte que realmente emociona a las personas muchas veces nace precisamente de lo imperfecto.

De una respiración.

De un silencio.

De una pausa inesperada.

De un pequeño accidente.

Incluso de un ligero defecto.

Porque son esas pequeñas imperfecciones las que hacen que una obra tenga vida.

 

Después, por fin, llegó mi turno.

Bueno… voy a permitirme decirlo yo misma.

Creo que la actuación funcionó bastante bien. 😄

Pero, curiosamente, lo que más recuerdo de aquella noche no son los aplausos.

Es la sensación de que podría haberlo hecho mejor.

Si hoy pudiera volver atrás y tomar otra decisión, elegiría sin dudarlo uno de mis números más fuertes.

Uno que representara mucho mejor quién soy como artista.

Después de la gala, varios compañeros se acercaron a decirme lo mismo:

—«Si al final alguien hubiera llegado a subir por la cuerda… habría sido absolutamente increíble.»

Solo pude sonreír y suspirar.

Porque, sinceramente, no sé si todavía estoy dispuesta a dedicar varios años de mi vida a intentar hacer realidad un efecto tan difícil.

Hace años probablemente habría respondido que sí.

Hoy ya no estoy en ese momento de mi carrera.

Cuando era más joven, pensaba mucho más en competir.

En conseguir premios.

En demostrar cosas.

Ahora mis prioridades han cambiado.

Me importa mucho más crear buenas obras.

Me importa mucho más emocionar al público.

Y, sobre todo, disfrutar del proceso creativo.

Creo que por eso también he empezado a escribir estos artículos.

Porque hay muchas sensaciones que no caben en una fotografía ni en un vídeo.

Y muchas veces tampoco soy capaz de explicarlas hablando.

Hay una frase del escritor chino Liu Zhenyun que me gusta muchísimo:

«Hay demasiadas cosas en la vida que no sabemos explicar con claridad. Por eso existen la literatura… y también la filosofía.»

Cada vez entiendo mejor esa frase.

Después actuó Gustavo Raley.

Presentó un espectáculo de sombras chinescas.

Como en ese momento yo seguía en el backstage, preparando mi actuación y atendiendo a varias personas, no pude verlo completo.

Así que prefiero no hacer una valoración sobre un número que no vi en su totalidad.

La gala terminó con Yunke.

Un maestro sigue siendo un maestro.

Eso no cambia.

Aunque aquella noche la suerte no estuviera completamente de su lado.

Hubo algunos pequeños detalles que afectaron al ritmo y a la fuerza del espectáculo.

Pero eso también forma parte del teatro en directo.

Ningún artista, por grande que sea, consigue una función perfecta el cien por cien de las veces.

Y precisamente por eso el directo sigue siendo tan fascinante.

Cada función es única.

Nunca vuelve a repetirse exactamente igual.

Para terminar…

Quiero terminar con una reflexión.

Quizá algún día reúna el valor suficiente para hacer algo completamente distinto.

Quizá algún día, en lugar de anunciar:

«La mejor magia del mundo…»

Escriba simplemente:

«I’m a bad magic woman.» 😂

Porque, al final, lo que más me interesa no es parecer perfecta.

Es seguir siendo auténtica.

Y, si estas reflexiones sirven para que todos —empezando por mí misma— sigamos aprendiendo y mejorando un poco cada día, entonces habrá merecido la pena escribirlas.